No sé en qué momento me dejé ilusionar contigo, si en un principio ibas a ser uno de mis experimentos. Aunque… creo que sí sé en qué momento… Creo que fue en septiembre, después de permitirme llorar frente a ti. Creo que fue la primera vez que me diste la confianza suficiente para llorar.
En fin, me es curioso pensar que en un principio yo ni siquiera sabía tu nombre, para mi tu eras el colega con buen estilo y bueno para la vista, pero nada más. Un total desconocido.
Recuerdo muy bien la primera vez que me invitaste a salir. Te ofreciste a acompañarme a un concierto del que me enteré a última hora que se haría. Desafortunada y afortunadamente, para ese momento ya no quedaban entradas así que no pudimos ir. Obviamente me quedé con ganas de ir al concierto, pero a su vez me dejó muy tranquila que haya terminado así. ¡Porque no te conocía! No sabía si eras de esos hombres que después le cobran la salida a las minas. (Hombres, tienen que saber lo desagradable que es eso). Y tampoco es que importe, la verdad, porque al final igual salimos ese fin de semana, ese 10 de junio.
He de confesar que pensé en tratarte como a otra cita Tinder: salir a comer, dejarme regalonear, dejarme coquetear y coquetear de vuelta (por el deporte), y dejarlo hasta ahí. También llegaste en el momento justo en el que me sentía aburrida y me había instalado otra aplicación de citas para hacer justamente eso.
Cuando salimos, tenía muchas dudas. Estaba la yo aburrida que quería salir a pasarla bien un rato, la yo romántica que deseaba salir de su celibato amoroso y volver a involucrarse emocionalmente con alguien, y la yo traumada que aún tenía muy presente el engaño de mi última pareja y que no sabía si podía dejarse llevar.
Pasaron los meses. Empezamos en junio, dí grandes pasos en julio, me dejé llevar a tu ritmo y llegó septiembre… En septiembre me di cuenta de que te quería a mi lado. Que no quería estar lejos de ti y que me acompañaras en mis salidas, quería meterte en mi mundo y que me acompañaras a conciertos, a fiestas, a conocer a mis amigos. Llegó un evento importante para un amigo y por cuestiones de tiempo no pude invitarte. Fue después de ese evento que lloré frente a ti, porque quería que supieras que me sentía sola y que quería tu compañía.
En ese momento debimos terminar. Yo ya sabía que quería tener una relación contigo y tu me dijiste que solamente querías seguir quedando conmigo. No lo supe ver. Y pasaron los meses. Seguimos como si nada todo septiembre y octubre, hasta que mis celos no pudieron controlarse por más tiempo. Decidiste terminar. Pero insistí. Y con un poco de tiempo, logré hacerte cambiar de idea. ¡Volvimos! ¿Pero a qué costo?
Volvimos sin decir que volvimos. Noviembre y diciembre los pasé desconfiando. No sabía cuál era tu postura, pero empecé a tener miedo a tu respuesta y no me atreví a preguntarte nada. A finales de diciembre me hiciste sentir que estabas solamente conmigo y decidí volver a confiar. Llegó enero, me contaron de tu engaño y volviste a terminar, negando el engaño al menos. Culpaste a otros de tus razones, pero a los 3 días me pediste de vuelta. Y yo volví porque te quiero. 15 días después dejaste de hablarme, ignorando la pena que sentía. Me hiciste revivir un episodio de acoso sexual, tuve que tomarme una licencia médica porque no podía aguantar más mi emocionalidad y tu decisión fue decir que tú estabas incómodo, que yo era obsesiva y me dejaste sola, cuando más necesitaba compañía, sobretodo la tuya.
Me quedé sola esas dos semanas, pero fue justo lo que necesitaba en ese momento. Logré tomar aire y centrarme un poco. Y cuando me reintegro a trabajar, estimado colega mío, tu te vas de vacaciones. Seguiste sin hablarme y no sé cómo tomarme eso. Sabes que no me gusta asumir cosas y que odio tu cobardía al quedarte callado. Solamente me queda ver qué sucederá cuando vuelvas. Yo sé que te quiero, pero creo que ya es hora de que te decidas.
UPDT: Decidiste mentirme.