“Tal vez no lo estoy” es lo que termino por decirme.
Los segundos van pasando y mi mente sigue divagando en esos recuerdos de años atrás cuando sentí esos dedos acariciar mis caderas, cuando esa palma recorría mi espalda y mis hombros. El solo pensarlo despierta la memoria de mi cuerpo, casi como si el fantasma de su cariño me diera una visita.
Ya es verano, hace un calor insoportable con el que simplemente deseo quedarme al desnudo. No quiero sentir nada que siquiera roce mis poros, y aun así mi cuerpo disfruta la presencia de ese fantasma sin rostro.
Con el ir y venir de mis parejas el fantasma cambió su forma a la de ellos, pero un día dejó de hacerlo. El día que me dije no más parejas mi fantasma cariñoso perdió su rostro, en cambio, hoy adopta todos esos aspectos que tanto me gustaron.
Esos dedos recogen mis manos tal como mi primer amor cuando nos teníamos que despedir sin querer hacerlo. Sus brazos se cierran en mi cintura como los de ese amor que nunca supe corresponder. En el hueco entre mi cuello y mi barbilla cae la cabeza de este fantasma como la de aquél que decía calmarse con mi olor. Y con un abrazo tan pegado a mi cuerpo me contagia ese agradable calor que calmaba mis nervios. Este fantasma trae al presente tantas cosas que ya no tengo.
¿Cómo es que hoy me encuentro añorando estas caricias? ¿Y por qué lo hago? Son preguntas que no tienen respuestas y que solamente avivan ese triste sentimiento que llegó a mi vida tras conocer la incompatibilidad de una persona asexual con una heterosexual.