Me di la vuelta cuando me llamó. Me pregunté si de verdad era a mí a quien llamaba, podía haberme equivocado, pero cuando repitió mi nombre me di cuenta de que de verdad era a mí a quien llamaba.
─¿Pasó algo?
Lo único que quería hacer en ese momento era irme. Mi cabeza necesitaba escapar de este ambiente que tan mal me hacía. Pero había algo en su voz que retumbaba en mi pecho y lograba hacerme temblar. Cómo adoro esa voz.
─Eh, no… ─respondió dudoso. Lo vi desacelerar el paso, al parecer el detenerme le hizo sentir que no tenía prisa.
─Me tengo que ir, estoy apurada ─dije molesta al tener ese pensamiento. ¿Acaso cree que tengo tiempo para escucharlo?
Retomé mi camino y lo sentí volver a acelerar sus pasos.
─Espérame, Ale ─volvió a pronunciar mi nombre, pero esta vez no me detuve, no quería obedecer a nadie más por hoy─. Oye, quería saber cómo estabas. Hace semanas que no hablamos ─empezó a hablar a mi lado.
─Tú sabes que no estoy bien, pero aquí estoy ─odio tanto mi trabajo, pero no puedo renunciar ahora.
─Por eso mismo quería hablar contigo. ¿No quieres salir a tomar unos tragos? ─susurró a la vez que me daba un ligero codazo.
Me reí brevemente.
─Puede que sea una buena idea, pero las chiquillas también se fueron ─adoro ese tipo de atención.
─Vamos juntos no más. Aprovechemos que estaremos solos los dos.
Para este momento ya nos habíamos alejado media calle del lugar en el que trabajamos. A pesar de la mascarilla sonreí ampliamente y a pesar de las medidas de prevención enlacé mi brazo con el suyo y reposé mi cabeza sobre su hombro mientras caminábamos.
─¿Cómo te voy a agradecer tantas atenciones?
─Si quieres hoy cambiamos de roles y tú pagas los tragos.
Ambos nos reímos. Sentí su pecho retumbar por la breve carcajada que salió de él. Como siempre, esa profunda vibración y el sonido de su caja musical curaba algo en mi interior.
La sonrisa de mi rostro se reemplazó por una mueca de tristeza. Recordé el día trabajando, los malos tratos que tuve que soportar, tanto de parte de los clientes como de mis jefes. No importa cuánto tiempo pase ni qué tanto me esfuerce, estos problemas no disminuyen o siquiera se solucionan.
─¿Me podrías consentir hoy? Después te pago mi parte…
Tomé aire para calmar mi emocionalidad, inhalé profundamente, y enderecé mi espalda, tomando un poco de distancia.
─Como quieras…
Soltó mi brazo para cruzar el propio por mi cintura y guió el mío para que también se aferrara a él.
Me quiero ir. Sé que mi emocionalidad llegó a un punto en que no la puedo controlar y que a esta hora no había forma de que la contuviera. Gracias a la mascarilla, la gente en la calle podía pasar por mi lado sin siquiera enterarse, solamente Matías, quien estaba sujetándome, se enteraba de cada lágrima que caía por mis mejillas.
Caminamos así hasta llegar a nuestro bar favorito, donde él invitó los tragos y yo simplemente me dejé embriagar y descargué mi molestia, otra vez.