Bueno, “bailando, bailando” no tanto. Yo te veía sentado, con una cerveza en la mano y mirando tu teléfono.
- Ven, vamos a bailar.
Esa fue la invitación que te hice en una oportunidad y tu respuesta fue una negativa. Pensé que simplemente no estabas interesado, así que me fui y seguí bailando con mis amigos, pero de reojo pude notar que logré distraerte de tu teléfono. Sin embargo, no fue lo suficiente como para hacerte bailar.
- “¡Será!”, pensé resignada.
No lo obligaré a hacer nada que no quiera y yo seguiré con mi baile.
Pasaron los días. Otra noche de baile llegó. Otra noche de cervezas. Otros amigos me acompañaban. Y ahí estabas, con una cerveza en la mano y tu teléfono en la otra. Esta vez tenía compañero de baile, no lo puedo dejar solo.
Otra elipsis, más bailes vinieron, más compañeros de baile, más miradas de reojo dirigidas hacia ti, más invitaciones. Pero ningún cambio en nuestra dinámica.
Así te conocí.
Yo bailaba, a veces buscando tu atención, a veces disfrutando la de otros. Tú siempre estabas ahí, sentado con tu cerveza y tu teléfono.
¿Para qué vienes si nunca aceptas las invitaciones?
¿Realmente nos conocimos bailando?